Entrevista a Mercedes Fariña en Clarín

Por Hernán Firpo.
  Diario Clarín (página 39).
  Martes 5 de Noviembre, 2013.

Entre muchas otras cosas, el Papa despierta gran interés editorial, emociones de distribución masiva y un turismo franciscano que acá, en el barrio de Flores, deja ver a brasileños –¿los japoneses de Sudamérica?– sacándole fotos a la placa de la calle Membrillar: “En esta casa vivió el Papa Francisco” . A ocho cuadras de donde la comitiva brasileña dice “whisky”, Mercedes Fariña pone la llave en la cerradura de su domicilio: acaba de volver del Vaticano con sus valijas y un sobrepeso de alegría indescriptible sin caer en barroquismos. No es una sonrisa de emoticón, es otra cosa. ¿Cómo se le dirá al viaje de una persona cualquiera que, de un día para otro, es invitada a una audiencia papal?
  “¡Haberlo pintado durante cinco meses y de pronto verlo en vivo y en directo...! (los puntos suspensivos son ojos parpadeando un brillito venerable, ¿divino?) ¡Francisco irradia una energía total, verlo sirve para notar el aura, su luz... Fue una enorme emoción tener ahí al protagonista de mis cuadros! Creo que es una persona con una potencia estremecedora y una paz total, auténtica. Yo sentí una verdadera comunión espiritual”.

Hasta lo del Papa, Mercedes era una mujer de fe moderada. Una vez por semana iba a misa (“Nosotros no vamos a misa”). ¿Una oración para agradecer los alimentos? “No. Tampoco”. ¿El bautismo de los chicos? “Bueno, todavía no bauticé a mi hijo”. ¿Festejos de Navidad y Año Nuevo? “Ah sí, eso sí”. Lo cierto es que Mercedes daba clases en su tallercito y se especializaba en arte sacro. Antes de que cuente una historia buenísima, le preguntamos a Mercedes si el Papa entiende de pintura: “Sabe, pero a él le gusta muchísimo la música clásica”.

Ahora que habemus Papa argentino, y después de alrededor de 300 cuadros, Mercedes es nota porque: a) pinta al Papa con un realismo que hace que te persignes delante del lienzo; b) fue invitada por el mismísimo Francisco para que le lleve una de sus obras; y c) va transformándose, Dios quiera, en la referente del óleo espiritual. “Que hayan elegido un Papa argentino me pareció genial, y me parece genial su manera de ser y pensar. Yo no soy retratista. Ni siquiera hago retratos por encargo. Pinto lo que a mí me gusta (...) Sí, claro, esta experiencia me volvió mucho más católica, pero siempre me gustó el arte sacro. Me encanta el rollo de las iconografías religiosas, en mi obra el tema místico es una constante, y el Papa salió de mi ciudad, ¡de mi barrio! Para el primer cuadro de la serie lo pinté con la Iglesia San José de Flores. Lo pensé como un homenaje, algo chiquito. Me contentaba con que lo expusieran en la iglesia”.

Esa pintura, dice, le salió del alma y fue la primera de una serie de frescos parecidos entre ellos y, sobre todo, parecidos al Papa. Para quienes nunca vieron a Bergoglio en persona, el efecto de realidad es arrollador. Cuando Mercedes va a la cocina a buscar algo de tomar, te dan ganas de tocar su obra. Con el dedo de ET hacés contacto con el cuadro. Con el Papa. Con la nariz del Papa. Con una oreja. Lo acariciás, y uno que acarició a San Expedito y que lleva no uno sino dos San Cayetano en la billetera, se da cuenta de que la sensación es incomparable.

La historia sigue así: por una revista barrial, Mercedes se entera de que en la casa de la calle Membrillar, donde vivió el Papa, van a descubrir una placa recordatoria. Ella averigua si ese día de abril puede mostrar el primer cuadro, el de la iglesia de Flores.

Mercedes: “Hablo con autoridades vecinales y me dicen que sí, todo bien. Estaban todos lo medios, imaginate. Aparte una pintura del Papa es un poco más alusiva que una placa ¿no? Resultado, al otro día aparecí en todos lados. Por favor, poné esto: se me acercó una señora y ¿quién era? Francesca Ambrogetti, coautora del libro El Jesuita, la única biografía autorizada del Papa que se había publicado. Nos ponemos a charlar, le encantó todo y me invita al relanzamiento del libro. Ahora mi pintura aparecía al lado de un gran libro. ¡Genial! Pero falta lo mejor. A los cuatro días de eso me llama Francesca y me dice que se va a Roma para ver a Bergoglio, que además es su amigo. Me cuenta que quiere llevarle una foto del primer cuadro porque dice que le va a llegar al corazón. Acompañando la foto, le mandé una carta muy cortita y recariñosa y adiviná qué: a la semana me llega una carta escrita de puño y letra escrita por el propio Francisco”.

Muestra el papel y nos entrega una copia. En letra chiquita se lee: “Le agradezco el retrato alegórico y la felicito por su capacidad artística”. El Papa había visto la foto, pero quería el cuadro. “Claro, él creyó que la foto era una especie de anticipo del cuadro. De la Nunciatura me preguntan si puedo viajar a Roma con la pintura y me dicen que, a cambio, pueden conseguirme una Audiencia General, posibilidad que te permite conversar hasta seis minutos con él (...) Vi a Francisco y, bueno, ya te conté todo lo que me pasó después... En diciembre voy a exponer en la Catedral de Buenos Aires y mi sueño, si es que puedo seguir soñando, es hacer el retrato oficial de Francisco. Me encantaría. Y se lo haría gratis”.


Para ver la entrevista en su versión on-line visite:
http://www.clarin.com/ciudades/papista-Papa_0_1024097659.html